
Una viñeta que provoca risa, pero también dice una verdad incómoda, por no decir que pincha donde más duele, la zona de confort rara vez es confortable. No hay almohadones ni café caliente, sino rutinas, cansancio y obligaciones conocidas. No es que estemos bien, es que ya sabemos cómo sufrir ahí. Y eso, curiosamente, tranquiliza.
mattito.humor. Matías Enrique Lainz
“Me levanto a las seis, llevo a los chicos a la escuela, trabajo todo el día…
¿Usted podría aclararme de qué zona de confort tengo que salir?”
Nos quejamos y no sin razón, pero moverse de ahí ya no parece tan simple. ¿Podríamos decir que se trata de falta de ganas o de valentía? Lo difícil es soltar, porque incluso muchas veces no se sabe qué es lo que habría que soltar ¿lo conocido? ¿lo que duele? Lo que sí se sabe es que cambiar implica, en ocasiones, perder referencias, atravesar incertidumbre, asumir riesgos, abrir preguntas nuevas. Y no todos los momentos de la vida permiten grandes movimientos.
En la consulta, suele ocurrir que los pacientes se sorprenden al revisar aquello que llaman su “zona de confort”. Creían conocerla bien, pero al detenerse a mirarla con más detalle, al preguntarse por qué ya no resulta tan cómoda, aparece algo que se vive como nuevo. Algo que, en realidad, siempre estuvo ahí, pero que recién ahora puede nombrarse, ese malestar comienza a tener forma, a tener un nombre.
Desde el psicoanálisis, la permanencia en esa supuesta zona de comodidad no se lee como simple confort, sino muchas veces como repetición. Por ejemplo, ciertas dificultades para delegar, para soltar o para correrse de un lugar, no responden a un rasgo de carácter ni a un capricho personal. Freud nos enseña que la repetición es, más bien, un intento fallido, de resolver algo que quedó pendiente de elaboración. Se repite no porque se quiera, sino porque aún no pudo decirse de otro modo.
Entonces, la pregunta no es tanto por qué seguimos ahí, sino ¿qué estamos intentando resolver al quedarnos? ¿qué parte de nuestra historia seguimos sosteniendo en ese lugar.?
Por eso, más que empujar al cambio, el trabajo analítico apunta a que se pueda ser algo más consciente de lo que nos incomoda, nos molesta. No se trata de “salir” rápidamente de un lugar, sino de poder leer ¿qué función cumple permanecer ahí?. A veces, esa zona tan poco confortable sostiene identificaciones antiguas, modos de amar, de «sacrificarse» por todos o de responder a expectativas que muchas veces no son las propias.
Cuando algo de eso puede decirse, cuando la repetición se vuelve pregunta y no destino, se abre la posibilidad de otro movimiento. No necesariamente un gran giro, pero sí un desplazamiento, dejar de padecer siempre en el mismo lugar.
Hitzez Psikologia.