21 de septiembre de 2020

Cuando impera la urgencia del consuelo. Desafíos en la elaboración de una pérdida.

Sinopsis: Vivimos en una época de exigencias, donde la emergencia en las demandas desafía el tiempo. Donde el consuelo mitiga el dolor, pero no elabora los efectos ni las consecuencias de una pérdida. ¿Cuando hablamos de duelo? ¿Como pensar el trabajo de duelo en la infancia? ¿y en los adolescentes?

El par de opuestos presencia/ausencia, transitorio/definitivo, nos permite dar cuenta que transitamos desde que nacemos hasta la adultez, distintas situaciones que implican perdidas. La falta nos atraviesa, es constitutiva de nuestro psiquismo.

¿Cuando es necesario «hacer un duelo»? La experiencia de este proceso conlleva dolor, sentimiento de tristeza, una angustia que por momento se siente insoportable. ¿Porque es importante cursar ese tiempo de duelo?

Pandemia. Una prescripción sanitaria que nos confirma el valor del lazo social, la significación de simbolizar el registro de esa pérdida, la importancia de acompañar a los deudos, de inscribir algo de lo irreversible del tiempo que implica la muerte, esa última despedida. ¿Qué lectura nos permite hacer el psicoanálisis de estos proceso? 

Cuando nos referimos al duelo no solo hablamos de la pérdida de una persona amada, a lo largo de la vida se presentan diferentes formas de pensar en una pérdida. Interrupciones definitivas, por ejemplo S. Freud nos habla del concepto de transitoriedad, para referirse a “el valor de la escasez del tiempo”; o tal cual hoy se está viviendo, el aislamiento como la pérdida de la libertad, pero también para quienes “ya estamos libres” surge este significante de una “nueva normalidad” ¿es que la anterior se perdió? Todos de alguna manera u otra, hemos transitado una pérdida, ya sea por un amor, por hijo que se va de casa, por los ideales, por el pasado y por el futuro que no será, etc. 

El duelo es un proceso normal y constitutivo de nuestro psiquismo tanto, como necesario, y por ello no podemos decir que sea patológico. Es una reacción ante una pérdida, señala Freud en su texto de Duelo y melancolía de 1915.

Pero es algo más. Implica elaboración, movimiento, un tiempo, un trabajo de desligadura, es decir, destejer ese lazo tejido al objeto que se ha perdido. Elaboración que no es sustitución, no se trata de reemplazar, sino en poder cambiar la relación libidinal que lo unía a él. 

Siguiendo a J. Lacan podemos leer que se presenta como un desafió para el sujeto, un desafío a su estructura  subjetiva, en función de su propia singularidad, esa con la que cada uno podrá elaborar la pérdida. Desafió dirigido a enfrentar la catástrofe que ocasiona el real de la pérdida, exigiendo reparación y redistribución de la libido. Desafío en tanto demanda recomposición subjetiva, es necesario soportar la falta, no cubrirla con otro objeto.

En el recorrido de un duelo circulan historias, recuerdos, relatos que son de alguna manera las palabras que el sujeto encuentra para hablar de aquel que ya no está, de acotar la distancia sin perderla de vista en la posición gramatical, en el tiempo verbal. Es el lenguaje (aspecto social que se articula con lo íntimo) mismo intentando surfilar con palabras esa ruptura subjetiva que la pérdida produce. Hoy las redes sociales, tan proclives a la exhibición de lo íntimo, son, en esta ocasión, los muros públicos donde se escriben esas palabras de amor, de reconocimiento, de homenaje, a la espera del momento de los abrazos.

Hablar de la muerte conlleva a esa tendencia de hacerla a un lado, a ubicarla como inasequible. Hemos intentado matarla con el silencio; “de eso no se habla”. La muerte propia no se puede concebir; tan pronto intentamos hacerlo podemos notar que en verdad sobrevivimos como observadores. 

En dicho proceso encontrará consuelos y desconsuelos, no hay respuestas inmediatas desde lo imaginario ni desde lo simbólico para hacerle frente.  Freud nos dirá que «dejamos traslucir nuestro afán de rebajar la muerte de necesidad a contingencia» como una forma de respuesta a lo inexplicable del dolor. 

¿Cómo pensar el trabajo de duelo en la infancia? ¿y en los adolescentes? 

La infancia es un tiempo de tramitación de duelos constitutivos, y la tramitación de estos será condición para la elaboración de cualquier duelo en la vida adulta. 

Es muy importante integrar a los niños, porque todos percibimos, independientemente de la edad y las condiciones cognitivas, la intensidad emocional que circula en la familia como consecuencia de la pérdida. 

Al respecto de la noción muerte, podemos decir que cada niño va a ir interrogándose e interrogando a los adultos de su entorno, para ir bordeando lo abstracto que este concepto puede resultarles. Asimila progresivamente durante la infancia, hasta llegar a la adolescencia en donde quedará interiorizado. 

En la primera infancia entonces, en los niños será a través del par de opuestos ausencia/presencia que utilizan en el juego como en el caso del “fort/da” que operará la posibilidad de simbolizar la desaparición. Comienza a asemejarse al dormir y la muerte se entiende como un proceso reversible. Etapa en la que aparece el pensamiento mágico, con el cual puede pensar que el hecho de decir o pensar algo puede provocar la muerte.

Más tarde, comienza a personificarse (esqueletos, zombis, fantasmas, etc.) y se entiende como un final. Aunque todavía no como universal, si no que es algo que le pasa a los otros.  Y ya a partir del periodo de latencia, comienzan a comprender la muerte como algo más universal e irremediable y será, recién sobre los 12 años cuando terminan elaborar algunas respuestas de lo que implica la muerte. 

En la adolescencia existen también, duelos constitutivos: el duelo o renuncia del cuerpo infantil; abandono del rol y la identidad infantiles; el duelo por los padres de la infancia.

Surgen así, otros interrogantes en relación a la mejor forma de actuar ante una pérdida. ¿Es bueno decirle al niño la verdad?, o ¿hay esconderla para que no sufra?

Un niño en duelo está inmerso en un medio ambiente aquejado por una pérdida, y  dependiendo de la edad cronológica y madurativa, el niño podrá contar con mayor o menor capacidad para asimilar y entender dicha pérdida, sin embargo, será fundamental el rol del adulto que lo acompañe en el proceso para dar sentido a dicha situación. 

No es posible el duelo de un niño aislado, ni desligado de una historia. Ese medio ambiente es la familia, más específicamente los padres. Por lo tanto hay  dos cuestiones que participan de los duelos en la infancia: los padres y el niño.

 Los padres sostienen funciones estructurantes. La palabra del adulto, la “versión” sobre qué es la muerte, la negación o el silencio, tienen durante la infancia consecuencias determinantes. ¿Cuáles son las condiciones que permiten que un duelo sea llevado adelante o no?… ¿En qué medida el duelo del niño queda imposibilitado, frenado o dificultado a partir de la mentira de los adultos, de su silencio?… Versiones tales como “está en el cielo”, “se quedó dormida”, “se transformó en un ángel”, etc. las vemos emerger en las más variadas formas sintomáticas y fobias. Las del silencio, en otra variedad de cuadros quizá más graves, psicosomáticas, adicciones, vacíos. 

El posicionamiento de los adultos entonces, ante un niño en duelo puede facilitar u obstruir el trabajo que el niño debe realizar. Se trata de “estar ahí”, disponible, siendo testigo de cómo el niño es trabajado por ese duelo que le tocó vivir. Alojar las versiones sintomáticas que los niños puedan mostrar. Cumplir con la función de sostén. 

*Se trabajó sobre un caso clínico que ilustra lo expuesto: http://www.fort-da.org/fort-da4/duelo.htm

Autores: Florencia Andrich, Silvina Fondra y Ane Txapartegi Altuna. Presentación a cargo de Erica Barrera.

Profesión: Psicólogas. 

Resumen del encuentro On-Line. Día Sábado 25 de Julio de 2020. Organizado por Consultorios Psicológicos DiQue e Hitzez Psikologia Zentrua.

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