¿Qué queda del sujeto cuando se somete por completo al ideal social?



Tres libros, tres relatos aunque muy distintos en estilo, época y contexto cultural. Una escena el malestar del sujeto frente a los discursos contemporáneos que organizan la vida social (el trabajo, la productividad, la normalización, el éxito, la adaptación).
Entre líneas se ubica un denominador común, cuando vivir se vuelve únicamente cumplir, el malestar encuentra otras formas de aparecer. No como rebeldía, sino como apatía, agotamiento o sensación de extrañeza. Desde una mirada psicoanalítica, no es que los personajes fallen; es que algo del deseo queda en suspenso.
Tal vez por eso estas historias resuenan tanto porque hablan de una experiencia compartida, la de intentar encajar y descubrir que, aun haciéndolo, algo sigue faltando.
En El descontento (Beatriz Serrano), Estupor y temblores (Amélie Nothomb) y La oficina (Lars Berge), los personajes no están en crisis por grandes catástrofes, sino por algo más difícil de nombrar, porque es una sensación persistente de incomodidad con la vida que llevan. Trabajan, cumplen horarios, siguen normas, intentan adaptarse. Y aun así, algo no encaja.
Nothomb describe en Estupor y temblores la experiencia laboral en una empresa japonesa donde la obediencia absoluta termina borrando cualquier rastro de singularidad. “Yo no servía para nada”, dice en un momento, condensando esa vivencia de inutilidad que aparece cuando el valor personal queda reducido a la mirada del jefe o de la institución. Unos jefes perversos cegados por el poder y tareas humillantes no son suficiente para derrumbar a esta joven, que siempre da lo mejor de sí. Me recuerda a cuando se escucha en el discurso de los pacientes «puedo con todo». Esto a veces no es solo un problema laboral, es una forma de sentirse falsamente completo.
La oficina es fundamentalmente una comedia. Cuenta la historia de Jens Jansen, una anodino mando intermedio en una empresa que fabrica cascos para montar en bicicleta, y se muestra otro tipo de encierro, el de la rutina interminable. “Todo parecía seguir igual, día tras día”. El tiempo se aplana, los días se repiten y el trabajo se vuelve un gesto automático. Por ello va a intentar desaparecer del mapa. Así, se instala en el almacén de la oficina, donde duerme de día y vive de noche alimentándose de los tuppers olvidados y del café de la máquina. No hay un conflicto explícito, pero sí una sensación de vacío que se va acumulando, casi sin que el personaje pueda darse cuenta. Como ni sus propios compañeros, de su ausencia.
En el libro El descontento, también una novela ácida pero con humor, Beatriz Serrano relata un malestar que aparece de forma más íntima y difusa. Es la historia de Marisa, una treintañera que trabaja en una agencia de publicidad y que a pesar de no odiar su trabajo, sí que odia ir a trabajar. “No era tristeza, era otra cosa”. Esa frase podría escucharse hoy en muchas consultas, no se trata de estar mal del todo, pero tampoco de estar bien. Es un cansancio emocional, una desconexión con lo que se hace y con lo que se espera de uno mismo. Creo que su titulo condensa buena parte de esa imposibilidad que tenemos de frenar y preguntarnos si estamos donde realmente queremos estar.
Podríamos decir que son relatos del malestar en la cultura, en el sentido freudiano, actualizados a distintos escenarios. Cuando todo parece estar en orden, pero igual algo incomoda, ¿Qué es eso que no está encontrando su lugar?
Hitzez Psikologia.