
Hay deseo, hay proyectos, hay voluntad… pero el cuerpo se planta. No responde. Se cansa, se apaga, se enferma. Por que todo parece posible, todo es urgente, todo es “si querés, podés”, el cuerpo se vuelve el único que introduce un freno.
En la clínica contemporánea se escucha con frecuencia una frase que se dice casi sin pensarlo “Quiero, pero no puedo”. Dormir no alcanza, descansar no repara, las vacaciones alivian apenas un rato. El deseo parece estar ahí, pero el cuerpo no acompaña, aparece la angustia, los dolores sin causa médica clara, el insomnio, los bloqueos, la imposibilidad de sostener aquello que, en apariencia, se desea.
¿Porque eso, es lo que quiero hacer, no?…
Desde el psicoanálisis, esto no se lee como falta de voluntad. Freud ya advertía que el síntoma no es lo que esta mal, sino que es una solución precaria, es decir, una respuesta que el psiquismo encuentra cuando algo no puede decirse de otro modo. El cuerpo se vuelve entonces el lugar donde se inscribe lo que no puede ser dicho en palabras.
Ernesto Sinatra, un psicoanalista de renombre señala que hoy el mandato ya no es la prohibición, sino el empuje del “tú puedes”. Y cuando no se puede, lo que emerge es un sentimiento de culpa. Como si no responder a ese imperativo implicara fallarle a alguien, a un ideal, a un Otro que exige sin descanso. En ese contexto, el cuerpo aparece muchas veces como el último límite posible frente a un ideal que no admite ni la pausa ni el malestar. No es que el sujeto no quiera; es que algo del deseo quedó atrapado en mandatos que no le pertenecen.
El cuerpo no es sólo organismo, es un cuerpo hablado, atravesado por el lenguaje, por la historia y por los ideales. Cuando estos ideales se vuelven imposibles de sostener, cuando el “tener que” aplasta al “querer”, el cuerpo responde. No como enemigo, sino como advertencia.
Por eso, no es raro que alguien diga que quiere trabajar, amar, disfrutar… pero no puede. No es pereza ni desinterés. Es agotamiento psíquico. Y confundirlo con cansancio suele empeorar las cosas, porque se intenta resolver con descanso lo que en realidad necesita palabra.
Respondemos a todo y a todos, pero rara vez nos detenemos en una pregunta esencial: ¿qué quiero yo realmente? Tal vez el verdadero movimiento empiece cuando esa pregunta, por fin, encuentra lugar.
Tal vez no sea que no llego. Tal vez estoy intentando sostener demasiado, demasiado sola, desde hace demasiado tiempo. ¿Será el peso de una exigencia sin límite?
Hitzez Psikologia