La infancia no es un capítulo cerrado, aunque a veces intentemos archivarlo como una temporada vieja de una serie. Más cerca o más lejos en el tiempo, sigue operando de manera inconsciente, vuelve, insiste y deja huellas en nuestro mundo interior. ¿Qué parte de lo que hoy sentimos o repetimos pertenece más a nuestra historia que a nuestro presente? En psicoanálisis no concebimos la infancia como algo que simplemente se deja atrás cuando crecemos; por el contrario, forma parte de la estructura subjetiva que nos constituye y sigue influyendo en cómo deseamos, cómo nos relacionamos y cómo nos sentimos a lo largo de la vida.
Las primeras identificaciones con quienes nos cuidaron, con lo que se esperaba de nosotros, con los lugares que ocupamos para otros, no desaparecen con el paso del tiempo. Las formas en que fueron respondidas (o no) nuestras necesidades afectivas, las exigencias recibidas, los silencios, los ideales y las prohibiciones componen una trama simbólica que no se borra. Freud lo planteo con claridad, la infancia no es solo un momento cronológico, se inscribe en el inconsciente y retorna, muchas veces, bajo la forma de repetición.
En Recordar, repetir y elaborar, Freud señala que aquello que no pudo decirse ni elaborarse no vuelve como recuerdo, sino como acto, como síntoma, como modo de vincularse o de sufrir. ¿En qué momento uno se da cuenta de que lo que hoy duele no es del todo nuevo, sino que se repite desde hace tiempo, casi sin advertirlo? ¿Cuántas de nuestras reacciones actuales responden más a una escena antigua que al presente que habitamos?
La infancia, entonces, no es solo memoria, es un lugar psíquico activo que habla en el presente. Se manifiesta en cómo elegimos a quienes amamos, en el modo en que buscamos ser reconocidos, en aquello que nos angustia o en el temor a perder lo que queremos. La repetición es inconsciente, es una forma de insistencia de lo no elaborado, un intento a veces torpe, a veces doloroso, de encontrar otra salida.
El trabajo de elaboración en el análisis no consiste en borrar el pasado ni en justificarlo, sino en permitir que aquello que se repite pueda empezar a decirse de otro modo. Cuando algo de lo vivido encuentra palabras, el cuerpo suele aflojar, el relato se transforma y la vida se vuelve un poco más respirable. No porque el pasado cambie, sino porque deja de tener la última palabra. Allí, donde la repetición encuentra un lugar para ser pensada, se abre la posibilidad de algo distinto.
Tal vez por eso la pregunta no sea solo con quién nos vinculamos, sino desde qué lugar lo hacemos: ¿desde el adulto que somos hoy o desde el niño que aún busca algo de aquello que faltó o marcó?
Hitzez Psikologia.