20 de septiembre de 2026

Lo cotidiano como campo de batalla.

“En la actualidad las tareas domésticas son el principal campo de batalla. Merecería un estudio aparte investigar por qué los maridos nunca encuentran las cosas.”

Una frase, tomada del libro Matrimonio de Marcelo Barros, con un tono humorístico, señala con precisión un punto sensible de las relaciones actuales: el conflicto no siempre tiene que ver con grandes acontecimientos, sino a veces con lo cotidiano. En la clínica de pareja, lo doméstico aparece una y otra vez como escenario privilegiado del conflicto.

La sociedad progresista —como señala Marcelo Barros— ha logrado que algunos hombres se ocupen de las tareas domésticas, aunque no necesariamente que se interesen. Esta diferencia no es menor, no se trata solo de hacer, sino del modo en que se está implicado. El gesto puede cumplirse, pero el deseo quedar ausente. Y allí surge la queja, la irritación, la sensación de estar solos incluso de a dos. Cuando el otro “cumple”, pero no parece estar implicado, ¿Se siente que se rompe en la pareja?

Hoy, dice Barros, los cónyuges pelean cada uno por su espacio, pero un espacio por fuera de lo doméstico. En esa disputa no solo se juegan las tareas, sino también la dificultad a veces de compartir la vida sin sentirse invadido o borrado, otras cuando hay hijos, éstos reordenan tiempos, lugares y demandas. Aun después de veinte años de relación, muchos siguen esperando del otro, algo que no llega, comprensión, reconocimiento, cuidado, anticipación.

Y si hablamos del tiempo, también aparece en la consulta ese tema. No parece estar mal reclamar un tiempo para cada uno y sostener la propia individualidad. Pero ¿por qué esto se vuelve un conflicto?¿Acaso lo difícil es hacerse responsable de cómo cada uno usa ese tiempo?

Desde una orientación psicoanalítica, estas escenas cotidianas permiten pensar el matrimonio así como lo dice Barros “El matrimonio es la promesa por excelencia, la más aventurada de todas. Por eso es un tropiezo, acaso el tropiezo, pero uno en el que deliberadamente los contrayentes incurren.” Toda promesa conlleva un malentendido. La idea de “hacer uno” implica poner juntas dos cosas irreparablemente diferentes. Y es justamente allí donde el ideal choca con lo real.

Quizás por eso Barros advierte que no siempre es por amor que duran los matrimonios que duran. A veces duran por costumbre, por miedo, por pactos silenciosos, por la dificultad de separarse, o por la resistencia a aceptar que el otro no será aquello que imaginamos. El psicoanálisis no idealiza la pareja, la piensa como un lazo atravesado por la falta, el desencuentro y el deseo.

Las discusiones domésticas, entonces, no son banales. Son el modo en que retorna una pregunta más profunda: ¿Qué esperamos del otro? ¿Qué estamos dispuestos a ceder? ¿Qué lugar nos damos —y le damos— al deseo propio y al del otro en la vida compartida?

Tal vez el trabajo no consista en ganar el campo de batalla de lo cotidiano, sino en poder leer qué se juega allí, para que la convivencia no quede reducida a una suma de reproches, sino a una apuesta, siempre imperfecta, por sostener un lazo entre dos diferencias.

Hitzez Psikologia

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