2 de marzo de 2021

Aislamiedo.

Un cuento, una reflexión.

Hola. Me llamo Clara, hace poco cumplí nueve años y le tengo miedo a todo. Mucho miedo. A la oscuridad, a los bichos, a la gente que no conozco y… a veces, a la que conozco también. Siempre fui así o eso es lo que me cuentan de mí…  soy muy mala recordando cosas.

Mi mamá un día se cansó de mis miedos y fuimos a visitar a una “profe de los sentimientos” que me iba a enseñar trucos para poder enfrentarlos, pero solo pude ir dos veces, porque después llegó el virus al mundo y ya no pudimos salir más.

Dice mi mamá que a este virus le gusta viajar mucho. Pasó por China, Francia, España, Italia, Argentina y otros países. Hasta el virus es más valiente que yo, que no me animo a salir sola al recreo cuando toca la campana en la escuela. Quizás por eso no tengo amigas.

Mi mamá ahora está en casa todo el día. Nunca pasamos tanto tiempo juntas. Pensé que íbamos a poder pintar vasijas de barro o armar rompecabezas de lugares del mundo, como hacíamos en las vacaciones, pero es como si ella no estuviera. Mamá tiene que trabajar todo el día sentada en la computadora… sino su jefe le grita. Los grandes se gritan mucho cuando están nerviosos. Yo hice como que no escuché, pero el otro día después de que hablaron, mamá se puso a llorar. Quizás en el fondo no somos tan distintas y ella también le tiene mucho miedo a las cosas: a su jefe, al virus, a tener que estar encerradas o a que le pase algo a la abuela. Mamá trabaja y me pone la televisión para que no me aburra, pero ahora los noticieros también me dan miedo. La presentadora tiene cara de preocupada mientras habla de números que no entiendo y… de muerte.

Extraño la escuela. Ahí tampoco entiendo mucho, algunas tareas son muy difíciles para mi. Pero me gusta ir. Mi maestra Lucía siempre fue muy buena conmigo. Me ayuda cuando no entiendo algo, me pregunta cómo me siento, o me defiende cuando se burlan de mí. Ella habla, porque yo no digo nada, a veces no me salen las palabras.

Pero ayer todo cambió. Me asustan mucho las cosas que cambian. Cómo no puedo ir a la escuela, mi maestra le dijo a mamá que íbamos a tener una clase virtual. Nunca había visto a mi maestra Lucía por la computadora. Me ponía nerviosa de sólo pensarlo, era raro, nuevo. Ese día me senté en el escritorio, me sudaban las manos. Prendí la computadora y después de un rato se abrió una ventana negra. Apareció de golpe la cara de Lucía. Por un segundo me puse contenta de verla… sólo por un segundo y casi… sonreí. Pero no.

Entonces, me di cuenta de todo. Ese rostro enorme que llenaba la pantalla no era el de mi maestra. Esa señora de la computadora de cara deformada, desesperada, no podía ser Lucía. De repente, la cosquilla del miedo apareció otra vez y me empezó a subir desde mi pie izquierdo, pasó por mi espalda y llegó hasta mi nuca. Temblé. Me di cuenta que esa mujer que me estaba mirando fijamente con ojos desorbitados no se parecía en nada a mi sonriente maestra Lucía. De repente en mis oídos retumbó una voz de robot, entrecortada y metálica como de esas pelis de extraterrestres o zombies que me dan pesadillas: ¡HO-OOOL-AA-A-AA MI QUE-RR-I-DDA CCCLAA-LA-RRRI-TAAAT! Definitivamente esa no era mi maestra Lucía.

Corrí a toda velocidad y me escondí debajo de mi cama. Tengo una técnica. Me puse a contar hasta diez. Cerré los ojos bien fuerte y conté muchas veces diez. Uno, dos, tres, cuatro… hasta que se vaya el virus y podamos salir otra vez. Uno, dos, tres, diez… hasta que todo sea como antes…. Uno, dos… diez.

Una reflexión es posible! El cuento de Aislamiedo nos invita a pensar, a darle una vuelta a esta situación que nos atraviesa. 

Nos encontramos ante un evento disruptivo en múltiples sentidos. La pandemia actual y las medidas necesarias para disminuir y evitar su propagación suponen un cambio brusco en la vida de las personas, donde la salud mental se ve y se verá trastocada de diversas maneras. 

Algunas de las respuestas esperables ante la crisis pueden ser miedo intenso, ansiedad, angustia, irritabilidad y enojo, como así también el recuerdo de vivencias traumáticas anteriores. Los niños, niñas y adolescentes no están exentos a esta situación y pueden ser vulnerables a estos sentimientos que podrían generar o agravar cuadros de ansiedad y estrés.

La alteración de rutinas -la suspensión de clases y las propuestas de educación virtual-, la alta exposición a fuentes de información sobre el coronavirus y la condición de mayor nerviosismo en personas adultas impacta en la vida cotidiana de niños y niñas. Estar en cuarentena les genera preocupación y por lo tanto, es muy importante lo que les transmitimos en relación a la pandemia.

Resulta fundamental dosificar y adaptar la información de acuerdo con la edad y las necesidades de cada niño o niña, siendo innecesario hablarles de cantidad de casos, muertes u hospitales. Lo que sí adquiere relevancia es permitirles y promover la expresión de sus emociones generando conciencia de cuidado sin motorizar la preocupación excesiva.

Debemos recordar que cada casa es un mundo y que cada familia tiene su manera propia de llevar la vida, sobretodo en la particularidad de estos días de cuarentena. No hay recetas mágicas, se trata de encontrar la mejor forma de transitar esta experiencia, inédita. Cada familia tiene sus posibilidades, sus puntos fuertes y recursos; pero también sus puntos débiles, zonas difíciles, y de conflicto. En estos días es mejor darse una tregua de lo pendiente y de lo que querrían modificar; para dar paso a la empatía, la tolerancia, la paciencia, el acompañamiento, la comprensión y la alegría compartida.

Autor: Érica R. Barrera

Profesión: Lic. Prof. en Psicología

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